| 28/10/02
GARA | Gizartea
José Miguel CASTRO
/ Director de un taller de educación creadora en
Bilbo
«El auténtico
aprendizaje sólo se puede conseguir mediante el
juego»
José Miguel
Castro asegura que la educación reglada hace
flaco favor a la creatividad de niños y niñas;
incluso afirma que entorpece el aprendizaje. Por
ello, apuesta por recuperar el juego como forma
de aprendizaje, tomar en cuenta los intereses
personales y subraya que la diferencia es buena
para uno mismo y enriquecedora para los demás.
Lleva 20 años
trabajando e investigando en el campo de la
expresión. Desde 1987 dirige los talleres de
pintura, arcilla y danza en Bilbo. Esta semana
ha participado en una conferencia en el Koldo
Mitxelena, donde explicó en qué consiste la
educación creadora.
¿Qué se
aprende jugando?
Estamos tan
manipulados por nuestro sistema educativo, que
parece un invento esto de aprender por el juego.
Y la verdad es que el auténtico aprendizaje se
hace jugando. Si revisas los creadores de la
historia en cualquier campo artístico,
encuentras algo común: son adultos que han
conservado su capacidad de juego. Desde Galileo,
que tiraba piedras desde lo alto de la torre de
Pisa, como puede hacerlo un adolescente, pasando
por Da Vinci, que destripaba cadáveres en vez de
cochecitos para ver cómo eran por dentro. Son
jugadores que conservan su curiosidad por el
mundo, esa curiosidad despierta interés y ese
interés es el origen del verdadero aprendizaje.
Sin embargo, en
la educación reglada el juego es residual, sólo
se aplica en los niveles más elementales. La
tendencia de Occidente, ya extendida a todos los
rincones del mundo, es pensar que sólo se puede
aprender con enseñanza organizada. Y nosotros
creemos que la enseñanza dificulta el
aprendizaje, y en ocasiones, lo entorpece y lo
destruye completamente. Por ejemplo, tú me
preguntas cómo sale el verde. Si te contesto,
con el azul y el amarillo, en ese momento he
matado tu curiosidad, porque te doy la
respuesta. En cambio, si te pongo el material
necesario para que tú misma descubras cómo se
consigue el verde, no importa si es en un minuto
o en un año, al final encuentras el verde, y
esto te proporciona tal satisfacción, que te
impulsa a seguir buscando.
Da la
impresión de que los niños y niñas cada vez
juegan menos.
No tienen tiempo
para jugar, porque los padres delegan cada vez
más su educación en los demás. En estos tiempos
de competitividad, el padre y la madre trabajan
y buscan cuidadores sustitutos, como la escuela
o la guardería. Como el horario de la escuela ya
no es suficiente, buscan actividades
extraescolares. Los niños deben enfrentarse a
jornadas de muchísimas horas, manifiestan
cansancio, se aburren con todo y apenas juegan.
Tienen poco tiempo libre y el poco que tienen lo
pasan viendo la televisión. Los niños son cada
vez más altos y más guapos, pero más débiles, y
con un umbral de frustración más bajo, son más
caprichosos, no saben posponer las cosas. Son
víctimas de una sociedad consumista, y el que
tenga capacidad de consumo se sentirá feliz, y
el que no será desgraciado.
Un panorama
bastante desolador. ¿Hay alguna esperanza?
Yo no sé qué
solución global hay. Pero, particularmente, creo
que las familias se pueden organizar de otra
manera y se puede ir por otros caminos que no
lleven inevitablemente a esto. Dentro del
sistema tenemos posibilidad de escaparnos.
Comprar cosas, sí, pero no poner toda la
felicidad en ello, ser competente, pero no
competitivo, devolver a los niños tiempo,
relación con sus padres, con sus abuelos. Los
objetos materiales nos están desplazando,
estamos poniendo toda la carne en el asador en
cosas que son prescindibles.
¿Donde existen talleres de educación creativa?
En Europa hay más de 2.000, en las mismas
escuelas, en hospitales y particulares. En el
País Vasco, hay una docena de escuelas, unas con
mayor fortuna que otras, que están incorporado
estos talleres. También hay talleres
particulares en Bilbo, en Donostia y en Navarra.
¿Qué hace la
gente en uno de estos talleres?
Son talleres de
danza, arcilla y pintura. En un espacio de unos
20 metros, algo más para los de danza, hay un
grupo de 12 personas de diferentes edades. Cada
uno hace una actividad y siempre tienen cerca un
educador que les está sirviendo para que la
actividad funcione. El monitor hace que el
trabajo sea agradable, pero no resuelve
problemas de creación, porque estos los
soluciona cada uno. Las relaciones entre los
participantes es profunda y respetuosa. No
pintan, bailan o modelan para los demás, no
buscan la aceptación de los demás, sino que lo
hacen para sí mismos. No hay mejores o peores,
sino que hay personas diferentes en distintas
fases de su evolución. Al hacer los grupos,
intentamos encontrar la máxima diversidad para
que nadie se pueda comparar con otro. Que todo
el mundo se sienta diferente, que piensen que la
diferencia es buena para uno mismo y
enriquecedora para los demás. Aquí se aprende a
respetar a los demás y a desarrollar lo que se
tiene de personal, de único.
¿Tendrá que
reconocer que suena un tanto utópico?
Choca mucho en
un mundo tan anormal. Pero mira qué cerca está
el tiempo donde niños de diferentes edades
jugaban en la calle... y ahora casi ha
desaparecido.
¿Por qué no
se integra en las escuelas?
Incorporar los
principios de la educación creadora a la escuela
tiene dificultades. El educador en la educación
creadora es una persona al servicio de los
demás. No juzga, no ejerce el poder, y esto
permite que ellos también dejen de juzgarse a sí
mismos. No obstante, un maestro para controlar a
20 niños tiene que ejercer el poder, y apearse
del poder es muy complicado, y a algunos les
cuesta. En la sociedad actual, ¿se protege
demasiado a los niños? No se les permite ser
niños, se desconfía de ellos, no se confía en su
capacidad y se piensa que sólo el adulto les
puede enseñar, transmitir conocimientos y no les
dejan descubrir nada. Si aprenden a andar y a
hablar solos, que es mucho más difícil, ¡cómo no
van a aprender otras cosas!
¿Distinguen
los menores entre la disciplina escolar y la
libertad de estos talleres?
En los talleres
también hay reglas, lo que sucede es que están
al servicio del juego. En la escuela, en cambio,
hay muchas reglas arbitrarias, generalmente al
servicio del orden. Un niño acepta de peor grado
una regla que no entiende, pero si la regla está
al servicio del juego, le beneficia, y entonces
la acepta sin problemas. Por ejemplo, en la
escuela saben que tienen que pedir permiso para
algo tan elemental como para ir al baño. En los
talleres nadie pide permiso. Ellos saben
perfectamente que en la escuela tienen que
asumir unas restricciones, y que en el taller no
existen. En la escuela tienen que esforzarse por
una tarea común, y en el taller cada uno hace su
propio trabajo, a su ritmo, atendiendo a sus
intereses.
Teniendo en
cuenta la creciente competitividad del mercado
laboral, ¿cómo hacer entender a unos padres que
a sus hijos, en vez de completar sus clases con
inglés, alemán o informática, les conviene
jugar, modelar arcilla y bailar?
Yo cambiaría la
pregunta. ¿Cómo unos padres que ven que, en un
porcentaje considerable de casos, su hijo está
fracasando en el colegio, o que ha terminado la
universidad y está en paro...? Además, un niño o
un adulto que va a estos talleres, no desarrolla
su creatividad sólo para pintar o para bailar,
sino que le sirve para cualquier circunstancia
de la vida, para resolver conflictos
emocionales, domésticos, laborales. Por ejemplo,
es muy común que algunos adultos al cabo de unos
años nos digan voy a cambiar de trabajo. Ellos
no saben explicar cómo el modelar o el bailar
les ha dado la seguridad para poder encarar un
cambio en su vida profesional buscando un cambio
que les satisfaga, y no sólo que les dé dinero.
Dota de seguridad y de autoestima a las
personas, y con esto se es capaz de encarar
cambios. Los padres quieren que sus hijos sean
competitivos, porque se supone que la sociedad
es muy dura y tienen que aprender a meter los
codos. Pero no se dan cuenta de que educándoles
en la competitividad les hacen débiles. Además,
cuando una persona es segura y competente, no
necesita machacar al prójimo para sentirse mejor
o más fuerte.
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